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La leyenda del charro negro


Esta leyenda cuenta la narración que un abuelo hizo a sus nietos; situándose por allá del año 1938, en la región de Atlixco, Puebla, una ciudad próspera en la industria textil mexicana de aquellos días.

Este hombre había sido obrero por muchos años; su padre había sido peón de la hacienda donde hoy se asienta lo que fue la fábrica más grande de hacer telas con hilos, y lo había llevado con el “Señor”, empleado mayor que atendía en la factoría, para que ahí trabajara y aprendiera a ser hombre de bien.

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Contaba con apenas diez años y servía de peón a los obreros y a los jefes de oficina; llevaba desayunos, recados y paquetes “a todo el mundo”; ahí conoció al líder de la región, le decían el “Señor”, era el “mandamás”, él decía lo que había que hacerse y hacerse bien, so pena de morir o recibir su merecido; con él no se jugaba, era tan poderoso que arreglaba los problemas de todos y cuidaba que todos se portaran bien, siempre andaba acompañado de diez o quince adultos que llevaban pistolas o rifles a su lado y muchos más que se acercaban cuando lo veían a saludarlo, a contarle chismes o sus problemas. Era el cacique de la región.

Una noche que se tardó en entregar los “lunches”, al regresar por la loma del comedor al aire libre, observó que varios hombres llegaban, hablaron un rato y dejaron a dos, que avanzaron por el camino que llevaba hacia los cerros que bordeaban al pueblo, rumbo al sur. Después de seguirlos por un rato, uno de los hombres prendió un cigarro y se acurrucó para dormir o descansar sobre un árbol a la orilla del sendero, el otro apresuró el paso y se perdió; pronto, dejó al hombre acostado y presto siguió al otro que se alejaba, tan callado y frío como su arrepentimiento que después le llegó.

El hombre, al llegar a la cima del monte brincó unos arbustos y se quedó esperando. De pronto se soltó un viento frío y las nubes cubrieron la poca luz que la noche tenía; ni un sonido se escuchó, parecía que todo se había quedado muerto -quieto- se sentía solo, con demasiado miedo, a pesar de que con su padre aprendió a no tenerle miedo a nada.

Algo se acercaba a galope, pues venía a caballo. Era un jinete vestido todo de negro, tan profundo y negro como la más perra de las suertes, el caballo casi volaba y sacaba chispas del suelo, ¡qué espantoso frío le caló por su espalda!, no pudo reprimir un pujido de miedo al quedar el jinete frente a aquel hombre, notó que portaba un sombrero negro que no le dejaba ver la cara, si es que acaso la tenía, el caballo resopló y parecía muy inquieto, sólo le brillaban los ojos de color rojizo.

La leyenda del charro negro

Fueron “siglos” de inquietud y espanto. Los dos personajes parecían que hablaban, pero sólo se escuchaba la voz del hombre que había llegado caminando y el viento que sonaba por la ladera del monte, nada más, no había otro sonido.

- Está bien, ¿quieres que te vuelva a pagar con vidas?

- El trato que hicimos fue por sesenta años de poder y sólo así te daré mi alma, o qué ¿te quieres cobrar antes?

- Ja, ja, ja… Está bien, podré mandarte el próximo jueves hasta tu propio infierno a diez peones alborotadores; y como a ocho obreros que me andan armando “jale” en esta región, con todo y familia, pero recuerda: las mujeres y los niños valen doble.

- Está bien, te entiendo, pero no me has dado el poder como cacique y como el más poderoso, ese fue el trato, ayer trataron de matarme y no salí tan ileso como quedamos.

- Sí, pero duelen las heridas, tú porque eres… ¿Cómo dicen? El chimaco… ¡Oh! Perdón, el chamuco.

- Bueno, ¡está güeno!, ya basta de palabrerías, te recuerdo que no puedes andar así como así, alguien te puede ver.

- Entonces, no todos te pueden ver, sólo los elegidos como yo. Pues qué bueno que sea así.

¡Qué forma de paralizar el cuerpo, cada vello de la piel y cabeza, no se podía mover! Estaba frente a el “diablo”… ¡El diablo haciendo pactos! El mismo chamuco que siempre había oído hablar por todos sus paisanos, por sus abuelos, y por tanta gente del pueblo, que espantoso saber que era cierto.

Casi creció en un dos por tres, con cierto malestar de nervios crónico y el pelo encanecido. El tiempo caminó como si hubiese tenido alas, ahora estaba casado y con hijos.

Cuando supo que el “Señor” aquél, había fallecido, no pudo reprimir una sonrisa de alivio, y a la vez de pena por aquel hombre, ¿qué final tendría?, ¿a dónde se lo llevaría el “chamuco”?... Por la tarde, se dirigió al velorio.

Leyenda del charro negro

Eran las diez con veinte de la noche, había mucha gente de pompa y traje, gente que se veía que tenía dinero y poder; y gente que sólo quería ver, o saber… Se olía a nardos y a mentiras.

De pronto, cuando estaban por iniciar el rosario, se escuchó un zumbido, luego tronó el techo como si estuviera temblando, las luces destellaron hasta apagarse todas. Se escucharon voces de miedo y dudas, y el relincho de un caballo. El ataúd cayó al piso, haciendo que varias personas corrieran al otro lado del salón, luego gritos y groserías.

Cuando volvió la luz, todos se miraban desconcertados, las viudas lloraban desconsoladas. Algunas personas corrieron hacia afuera temerosas de algo. Alguien se acercó a la caja y comenzó a gritar como loco. Varios de los “achichintles” de la casa lo abrazaron, taparon la caja y se lo llevaron afuera. Dicen las malas lenguas que no estaba el cadáver y que cuando lo enterraron, el ataúd estaba lleno de piedras y estiércol.


Fuente: Prof. Guillermo Molina Reyes






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